Cuestiones recurrentes sobre la literatura “femenina”

Hace unas semanas empecé este debate sobre si existe una literatura que podemos considerar femenina y por qué. Después preguntar a varias personas hoy agradezco a Davide Perollo su colaboración en forma casi de ensayo sobre el tema.

Davide es licenciado en Cine en Palermo y muy activo culturalmente, por su eso su opinión me ha parecido tan buena para compartirla con vosotros.

¡Gracias Davide por este regalo!

Una de las cuestiones recurrentes en los últimos debates culturales es si existe una “literatura femenina” diferente de la masculina, interrogante al que se une otro doblemente inevitable: se pregunta si existe en la literatura una tradición de escritura femenina, y en el caso que exista, por qué no se refleja en los manuales de literatura.

Algunos parten de la afirmación de que no existe literatura de hombres o de mujeres, sino sólo buena o mala literatura, aunque se detienen ahí sin entrar en la cuestión de quién, con qué criterios, o en qué circunstancias históricas o políticas, se decide lo que es “bueno” o “malo” en literatura. Si se hicieran estas preguntas, con la respuesta se podría explicar la hegemonía de algunos autores con respecto a otros en algunos periodos históricos, el predominio internacional de una literatura sobre otra, y el olvido por parte del público de autores que en una coyuntura político-social determinada fueron aclamados.

La canonización en literatura es un procedimiento sumario y selectivo que responde a criterios culturales y posiciones ideológicas, (por no hablar de los intereses), de los canonizadores, que logran imponer “su” concepción de la literatura. Por desgracia, como se sabe, nuestro mundo moderno y democrático no ha podido acabar con este control, que si en tiempos pasados se hacía con criterios estéticos, políticos, religiosos, etc., ahora responde casi exclusivamente a exigencias del mercado editorial, y a niveles de audiencia.

Hay una cuestión terminológica, y es que con la etiqueta “escritura femenina” se designa tanto la literatura escrita por mujeres como la literatura de contenido “femenino”, es decir, que se centra en la experiencia de ser mujer en el mundo con todos sus matices biológicos y contextos situacionales, pero con la salvedad de circunscribir el “mundo femenino” casi exclusivamente a su acepción más tradicional, con lo cual, muchas escritoras que proponen modelos y espacios femeninos nuevos, tampoco se identifican con esta denominación.

Existe una “literatura femenina” y una “literatura masculina” por lo que se refiere, no a los autores/as que es algo evidente, consecuencia de una tradición social, política, religiosa y cultural que sobre valora lo masculino e infravalora lo femenino.
Benedetto Croce, el crítico italiano más famoso, decía con admiración de Maria Giuseppina Guacci, escritora italiana del siglo XIX, que “en ella no percibís a la mujer”.

Para no encontrarse con la desaprobación de la crítica y con el desprecio social, muchas autoras escribían deliberadamente “como si no fueran mujeres”. Es el caso de Natalia Ginzburg, narradora y periodista contemporánea, que en la introducción de una de sus obras explica

 

 

 

las dificultades que ha tenido que afrontar para escribir sus novelas, entre ellas, la de ser una mujer, y por lo tanto, de correr el riesgo de resultar “pegadiza y sentimental” , defectos que le parecían odiosos por ser típicamente femeninos.
Natalia Ginzburg deseaba “escribir como un hombre” como solía decir, y por ese motivo escoge, en su primera etapa, una forma de escritura intencionalmente impersonal y alejada, evitando toda referencia autobiográfica.

Después de las primeras obras, la escritora se da cuenta que el mundo que describe no le pertenece y sus personajes no nacen de ella. A partir de ese momento el uso de la primera persona, el recurso de la memoria y el sentimiento se convierten en constantes de sus novelas:

 

Y desde entonces siempre, desde que usé la primera persona, me dí cuenta que yo misma, sin ser llamada, ni solicitada, me filtraba en mi escritura” (Ginzburg, en una entrevista).

Tampoco la literatura feminista, que denuncia las desigualdades e ilustra la lucha de la mujer por ver reconocidos, primero su dignidad y después sus derechos, ha sido practicada sólo por mujeres.

Ya en el Renacimiento italiano existen una serie de tratadistas (Cortegiano con sus Diálogos, Lando con las Forciane disputationes, Speroni con Dignidad de las mujeres, Gelli con Circe, Stefano Guazzo con Honor de las mujeres), que rechazan el concepto de la inferioridad moral de la mujer, al tiempo que defienden la dignitas mulieris.

En España Luis Vives y Frai Luis de León se insertan también en esta línea, aunque con un carácter marcadamente pedagógico.

Las diferencias entre “literatura masculina” y “literatura masculina”, más que estar relacionadas con el sexo/género de sus autores lo están con la adopción de una posición hegemónica o marginal, tradicional o innovadora, con la elección de temas que pertenecen al ámbito público o al privado, con la identificación o la subversión de los roles y los modelos culturales.
Es lo que paralelamente Jonathan Culler, profesor y crítico literario norte americano, sostiene a propósito de las posiciones que

el lector o lectora pueden adoptar ante el texto, que puede asimilar contenidos más o menos femeninos o masculinos, independientemente del hecho se ser hombre o mujer .

La idea central, tanto de los deconstruccionistas como de la crítica postfeminista, es que autor y lector no son sujetos neutros, universales, teóricos, sino sujetos encarnados y sexuados.

Podríamos tranquilamente decir que la diferencia sexual constituye una dimensión fundamental de nuestra experiencia y de nuestra vida, y no existe ninguna actividad que no esté en cierto modo marcada, señalada, o afectada por esa diferencia.

Es así como un gran número de críticas literarias opina que el género, como preferencia textual, remite a la relación que un determinado/a escritor/a mantiene con el modelo cultural dominante de la identidad femenina o masculina, y en este sentido, diferentes sectores de los women studies, han afrontado el tema del género en Literatura.

Davide Perollo
Davide Perollo

A nivel personal lo que desearía, tanto en la cultura social como en la crítica literaria, es que nadie reclame necesariamente una cuota femenina, por ejemplo, en una antología, pero que la elección surja solo y siempre inspirada por el valor absoluto, el mérito, en un texto de cualquier obra.  De otro modo a los ojos de aquellos que leen (no de aquellos que crean una obra ) existe el riesgo de valorar algo solo porque está hecho por una mujer se convertiría en una especie de concesión para el “sexo débil”, volviendo a una espiral cultural manipulatoria.

El punto, vale la pena repetir nuevamente, es también que si hablamos de mujeres no necesariamente hablamos de feminismo, son dos cosas diferentes. Confinar el tema tratado por una mujer o un libro sobre mujeres al feminismo es otra forma de encerrarlo y hacerlo inofensivo, reducir el valor que no debe estar confinado al género como “marcador” , sin dejar “respirar” ,sin dejar abrir los ojos de quien lee al valor universal de una novela, de un ensayo, de un poema.

 

Si te perdiste el anterior post al hilo de este te dejo el enlace: ¿Existe una literatura femenina?

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